jueves, 24 de mayo de 2012

La umbra

No conozco el amor.
En su lugar el hábito
y la vigilia del erudito
con su pensamiento alado.

El sueño añora el contacto,
su rutina y su apetito;
yo apenas he escrito
lo que otros ni han hablado.

Mi mano encuentra la rima
o repetición ordenada de sílabas,
al misterioso lector y las palabras.

Mientras tu mano sólo abriga
a aquel que lee el sinuoso
pasaje que dictan tus ojos.

Carlos A.

sábado, 5 de mayo de 2012

Un espejo

Los besos, las caricias (o los besos entre cuerpos)
y la sublimación del universo
no forman parte de
esta sucesión mágica de instantes
que es el tiempo;
son sólo un instante mágico.
Se suceden entre el vidrio, la pared y la hojalata,
mientras estos cumplen la estática función de albergar
la marcha áspera, oscura y grave de los tristes
que anticipan la vejez, como el hábito del que fuma,
el paso firme del valiente y del afortunado,
que camina descuidado, 
rodeado de pétalos y abejas, 
de colores en la noche 
y de los sonidos agudos del amor.

Carlos A.

jueves, 3 de mayo de 2012

Tónica

Yo no debería estar aquí, ni despertarme cada mañana
para acostarme cada noche.
Todo debería ser distinto, o simple,
simple tal que a la mañana estuvieses aquí,
y así olvidase que existe su respectiva noche.

Pasan tantas horas y caen tantas gotas,
de lluvia, de sudor y de dolor,
que siento que sólo soy espectador,
y siento que quizás el amor sea lo único
que pueda establecer un puente, o una cadena
que nos una a mí
 y
a la vida.

Carlos A.

martes, 1 de mayo de 2012

Delito

Una sonrisa es el reflejo de mi pensamiento cuando te imagino, que se acumula
y no le queda más remedio que derramarse por la boca.

Carlos A.

viernes, 13 de abril de 2012

Epitafio

Cierta flor roja que se llama rosa,
el mar de nada, de cuyas salpicaduras hoy sólo nos queda la luz lejana.
La distancia, el tiempo
que multiplica y divide la distancia,
el cuarto restante, que no es agua,
de la Tierra y la persona.
La mujer y el hombre (ninguno fue el primero).

Perdóname. 
No puedo mirarte con la constancia
de haberme despedido del mundo.

Carlos A.

domingo, 8 de abril de 2012

Preludio

Recuerdo el primer beso,
 la primera relación, que no fue la del primer beso,
y que la primera vez que me partí el corazón
( yo pensaba que me lo habían partido)
no fue por la primera relación.
Recuerdo que veía a mi madre y pensaba que no sabía,
sólo por pensar que no sabía cosas que yo sabía;
 ahora sé que sabe y no por saber cosas que yo sé.
Recuerdo el primer puñetazo que recibí,
que significó el preludio del primero que di
y recuerdo que el que di me hizo sentir lo que debió sentir el hombre cuando se quemó con el fuego.
Recuerdo sentir el aburrimiento como un fin en sí mismo
y ver que todo lo que pudiese hacer ahora también lo podría hacer luego.
Recuerdo a mi abuelo, que en cierto modo nunca se fue,
y a mi abuela, que en cierto modo se fue con él.
Recuerdo ver los mapas como simples papeles con dibujos en ellos,
recuerdo no oír la música que mi padre se ponía o nos ponía,
y recuerdo que todavía a veces me lo pregunto pero no se lo pregunto.
Recuerdo tener la razón que luego fui perdiendo poco a poco
y  el dolor, que ha ido aumentando su frecuencia pero cada vez duele menos.
Recuerdo huir de casa y recuerdo ver que no podía volver a ningún otro sitio después.
Recuerdo que aprendí a escuchar a base de darme cuenta de que hablaba demasiado,
recuerdo admirar y no saber admirar desde cerca,
recuerdo el miedo de verdad y también recuerdo que en mi consciencia no estaba la muerte
y recuerdo sentir la inseguridad de no poder ver en la oscuridad pero sentir que podía ser visto.
Recuerdo a ese amigo que ya fumaba y ofreció a aquellos que no lo hacíamos
y recuerdo que se negó  aquel que era el más valiente
(no lo entendí porque confundía lo que era la valentía).

También recuerdo esa soledad donde no me sentía solo y no hablaba con nadie
y ahora me veo lejos, 
acompañado, 
hablando
y, en cierto modo,  
esperando a alguien.
Carlos A.

martes, 27 de marzo de 2012

Sospecha común

Tú, como yo, como todos
alguna vez nos hemos visto guapos
y nos hemos sentido mirados y,
de alguna forma, nos han obligado a no mirarles
por entender que la belleza no mira y sólo es mirada.

Algunos, discípulos de la memoria y esclavos del olvido,
ya no vemos sólo esa belleza que huele y se puede tocar,
y aprendimos a ver la belleza cuando duele y cuando ese dolor no te deja hablar.

Veo qué veo  y veo qué ves
(miramos lo mismo viendo cosas distintas);
quizás yo vea la belleza donde tú no la puedes ver,
pero no creo que una línea divida al hombre del artista
puesto que lo único que hay es lo que es.

Carlos A.