domingo, 18 de marzo de 2012

Capítulo XII de XII

Querida Helena: Lo nuestro es insostenible. La pasión es esa mariposa que va perdiendo el color de sus alas hasta que se vuelve polilla. Ni aquel beso famoso en el recuerdo (por ello inolvidable) ni aquellos tantos otros bajo la lluvia, sobre la moto, a la orilla o en el mar fueron insuficientes, aunque no creo que la suficiencia tenga relevancia cuando se tratan estos asuntos. Nuestros besos nunca supieron a rutina, nunca fueron besos de cocina, de buenas tardes, de ahora vengo, de “si cariño”. Qué penita. Me da pena porque no sé cómo eres tú realmente, ni como soy yo, ni como son todos. En cierto modo creo que somos demasiado esclavos de nuestra situación biogeográfica, los sentimientos solo son un cordones con globitos al lado de estas cadenas. Siempre intenté que todo fuese perfecto, incluso conté y medité cada una de mis palabras, y evité decir esas que para mis oídos suenan feas, como "postizo", "albornoz", "lavabo" o "calabaza". Con lo fácil que habría sido cortarme la lengua y darte a entender mediante gestos y no palabras que me la habían cortado, y obviar toda clase de explicaciones, que son las mayores causantes de los problemas de nuestro sistema solar. Qué estupidez. De ser por ti hubieses preferido que la vía láctea fuese semidesnatada. Menuda estupidez. Pero tú eres así, aunque yo te explicase infinidad de veces que el mundo es una gran mentira, que sólo son nombres y sus consecuencias. Acuérdate del dilema de la leche entera, que tú rehusabas tanto, que yo te decía que olvidases las calorías y que no me gustaba la ciencia. Tú entonces me decías que cómo osaba decir que no me gustaba la ciencia y yo te respondía que sólo eran los nombres lo que no me gustaba y que quizás algún día me entenderías. Creo que no me entendiste, por eso creí siempre que la vanidad era un pecado. Recuerda que te hablé de la diferencia entre la leche entera y la semidesnatada, que te dije que si en lugar de asociar la grasa a las calorías fuese a escalones (a subir o bajar) seguro que te darías el placer de beberte la leche entera ¡Sólo por siete peldaños! También te hablé de las consecuencias que tendría esa nueva asociación de palabras, puesto que las compañías de ascensores y los técnicos de mantenimiento perderían a una gran parte de su clientela, entonces tu me solías decir que quizás era un complot de las compañías de ascensores y yo te decía que lo dudaba. Pero entonces siempre llegaba el tema estrella, era justo después de estar jugando a imaginar hombres y mujeres bajando y subiendo los pisos a pie, discutiendo en los rellanos sobre establecer un orden para que no se produjesen atascos y atropellos continuamente. Hablábamos de cuantos pisos tendría nuestra casa, porque nosotros no imaginábamos la vida en un piso, y si las escaleras serían de caracol, tema que yo siempre discutí en silencio, mirándote y con la sensación de que una palabra o una negativa procedente de mi provocaría el derrumbamiento de todas las pirámides de naipes que en ese momento estuviesen en pie sobre la tierra, mientras tú te lo explicabas todo (la iluminación, el color de las habitaciones, cada lámpara, cada cortina, las habitaciones enmoquetadas, las habitaciones no enmoquetadas, la posibilidad de recorrer grandes distancias semivestidos), porque en esos momentos no me mirabas a mí, mirabas al aire pero parecía que estabas mirando más allá de lo que vemos el resto de las personas, parecía que de verdad existía ese mundo y que no eras feliz en este porque querías vivir allí. Ya sabes que no creo en la reencarnación y eso me libra del temor y del sufrimiento eterno, pero al mismo tiempo es una pena porque a mi consciencia le consta que te he perdido para siempre, que te he perdido por el fin de los días y del tiempo, ese bordillo que avanza y avanza; justo desde donde te estoy escribiendo ahora.

Carlos A. 

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